Casa rural superior con mucho encanto. Los dueños son encantadores. Se esmeran por agradarte y servirte. Increíble localización y atmósfera. Todos los servicios, decoración,etc. están cuidados al mínimo detalle. Sin lugar a dudas un lugar para descansar, relajarte y desconectar del estrés rutinario.
Excelente la casa, excelente la atención de los dueños. Totalmente recomendable
(Nota: Esta opinión nos la CENSURARON en TripAdvisor).
3 de septiembre. Decidieron celebrar su boda en este encantador hospedaje rural, decorado con esmero, rodeado de un precioso jardín, cuidado al detalle; enclavado en un paraje maravilloso sumergido entre las rocas a los pies de Sierra Nevada. Era como llegar a un castillo de otra época… que prometía una experiencia de ensueño… pero que al final terminó transformándose en una incómoda PESADILLA.
Nuestro “Freddy Krueger” particular no fue otro que el propio dueño y gerente de la casa, el “amo del castillo” que, en lugar de arroparnos con hospitalidad, como debería esperarse, se encargó desde el principio de aguarnos la fiesta con su arrogancia y grosería.
Empezamos el repertorio de IMPERTINENCIAS nada más llegar. Tres invitados sentados tranquilamente tomando una cerveza en el jardín, esperando el comienzo de la ceremonia. Llega el amo y les increpa por el terrible pecado de haber movido una de las sillas, “¡no se pueden mover las sillas, que tengo mucho genio y soy muy maniático del orden!”, con estas palabras lo dijo. La silla no molestaba ni bloqueaba el paso, eran tres y sólo había dos sillas en esa mesa, así que cogieron una de otra mesa, ¿lógico, no? Pues no, no se podía. Su frase fue toda una declaración de intenciones que ya daba a entender lo que nos esperaba.
Señor, usted puede ser todo lo maniático que quiera en su casa, pero cuando le han pagado por el derecho a usar ese espacio debe ser transigente y permitir que la gente se mueva a su antojo dentro de unos límites razonables, y procurar que los invitados se sientan cómodos. Obvio.
La comida estaba muy buena, hay que reconocerlo, aunque las esperas entre plato y plato fueron excesivas. Al terminar la comida comenzaba la barra libre en la piscina. Uno de los invitados se estaba terminando su copa de vino tranquilamente, pero como ya todos nos marchábamos decidió algo tan lógico como llevarse la copa a la zona de la piscina. ¡Prohibido! El rey del castillo casi le quita la copa de las manos al pobre hombre. Nada le hubiera costado al señor recoger la copa luego y llevársela a la cocina.
Ya por la tarde se rompe una de tumbonas de la piscina, no por mal uso, sino por propio desgaste, ya que eran de madera y se notaba que tenían sus años y lustros. ¿Se piensa alguien que el señor le preguntó al invitado si se encontraba bien o que se disculpó luego por no haber comprobado el estado de las tumbonas? Al contrario, con estúpida grosería le dijo que se apartase e insinuó luego a los novios que tendrían que pagar el precio de la tumbona, ¡alucinante! Así se trata a un cliente y a un invitado, SÍ, SEÑOR.
Yo mismo sufrí más tarde en mis carnes un accidente similar al caerme de una hamaca por el mal estado de las cuerdas; tampoco me preguntó si me había hecho daño ni recibí una mínima disculpa (por cierto, sí me hice daño: chichón, cardenal y dolor en el coxis, que de haber sido peor, ¡sería denunciable!).
Al día siguiente, las tumbonas de la piscina aparecieron sin sus respectivos cojines, lo cual las hacía muy incómodas al ser de láminas de madera, que se clavaban hasta en el alma. Al preguntar al señor por ellas nos contestó que las había quitado para que no se mancharan. Increíble.
Digno de mención es también el “lindo” comentario que le refirió a la novia afirmando que si los niños se tiraban por la cristalera y se mataban él no se hacía responsable. Cuando ella le contestó que no se preocupase, ya que estaban todo el rato vigilados por adultos él respondió que “sí, claro, por adultos borrachos”… ¡Viva el respeto y la educación!
En resumen: el lugar ideal, el trato horrible. Ah, por cierto, no había agua caliente el domingo y me fastidió no tener llave de nuestra habitación y ni siquiera poder cerrarla por dentro. Pero bueno, eso es lo de menos. A pesar de todo… ¡Nos lo pasamos bien! Y estamos agradecidos de haber pasado estos buenos ratos en familia… Y volveríamos… NO, ESO NO.